Automóvil, de Concha Méndez

Los primeros poemas de Concha Méndez son composiciones en las que están presentes el ritmo de su época y los avances de la modernidad, muy influidos por el futurismo. Entre ellos está Automóvil, cuyo espíritu ha sido muy bien captado por el grabador, el profesor Pedro García.

Dentro de las actividades que se realizaron para conmemorar los 80 años del homenaje a Góngora que dio nombre a la Generación del 27, en el Centro de Profesores Almería se realizó un curso de grabado, de donde procede el que ilustra esta entrada. A mí me gustan todos, pero mi preferido es éste, inspirado en un maravilloso soneto de Federico García Lorca.

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Las memorias de Concha Méndez

Después de varios meses de búsqueda, he conseguido sacar en préstamo de la Biblioteca de la Facultad de Filología de Sevilla un ejemplar del libro Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas, “armado” por Paloma Ulacia Altolaguirre, nieta de la poeta, a partir de las cintas en la que esta grabó sus recuerdos.

No me ha defraudado su lectura, todo lo contrario, pero me ha sabido a poco; la apasionante y larga vida de Concha Méndez (1898-1986) se concentra en tan solo ciento cincuenta páginas que recogen su infancia y adolescencia de niña bien en Madrid, sus veraneos en la elegante San Sebastián, su juventud rebelde junto a Maruja Mallo, sus viajes, su dedicación a la poesía, su matrimonio con Manuel Altolaguirre, su trabajo como impresora y su vida como exiliada en Cuba y México. Es un testimonio imprescindible para conocer la época en que vivió, sobre todo los años veinte y treinta del siglo pasado en los que Concha se codeó con las principales figuras de la Generación del 27 y de su entorno: Buñuel, García Lorca, Alberti, Cernuda, Miguel Hernández, Maruja Mallo, María Zambrano, Juan Ramón Jiménez… Tan imprescindible es que, cuando por fin lo he tenido en mis manos, había muchos fragmentos que ya conocía, pues han sido utilizados por biógrafos de algunos de los personajes que la acompañaron en su trayectoria vital para poder reconstruir las vidas de éstos.

Del grupo de las llamadas “modernas de Madrid” Concha Méndez fue una de las que verdaderamente mereció este título, pues si bien la mayoría de las mujeres que pertenecían al Lyceum Club eran casadas que dedicaban parte de su tiempo a sus aficiones culturales o mujeres brillantes que, como María Lejárraga, quedaron eclipsadas por la larga sombra de sus maridos, Concha fue una mujer verdaderamente independiente, que se atrevió a viajar sola, haciendo realidad el sueño que la perseguía desde su infancia (“Viajar era viajar, pero era también librarme de mi medio ambiente, que no me dejaba crear un mundo propio, propicio para la poesía”), y a buscar trabajo en distintos países (en primer lugar en Inglaterra, más tarde en Argentina), llegando a plantearse, incluso, emigrar a Guinea para colonizar un terreno que le fue concedido por el Gobierno de la República. Ya casada, lejos de encerrarse en la vida del hogar, continúa trabajando codo con codo con Altolaguirre, tanto en las tareas de la imprenta (cuenta que, debido a su fortaleza física, era ella la que la manejaba vestida con un mono de trabajo) como, posteriormente, en Cuba, vendiendo los libros que editaban casa por casa.

El libro tiene la frescura de lo narrado y la elegancia de la persona que no se recrea en el chisme ni en la maledicencia, sino que quiere dar un sincero testimonio de quien fue. Junto a su enorme humanidad, Concha transmite en sus memorias su vocación irrenunciable por la poesía, ya que, pese a que su obra ha sido oscurecida por la grandeza de otras figuras de su generación, como bien recalca el profesor James Valender en el prólogo a su antología poética, “en sus mejores momentos, Concha Méndez nos ha dejado poemas excelentes que pueden atraer a cualquier lector, tanto por la imagen de vida que ofrecen como por la gracia con que esa imagen ha sido plasmada”.

Desgraciadamente, este documento excepcional es hoy día inencontrable, pues por su agilidad e interés merece ser conocido. De hecho, creo que sería una lectura interesantísima para recomendar a alumnas y a alumnos de últimos cursos de Secundaria y Bachillerato, que se aproximarían con él, de una manera diferente, a una época fundamental en la historia y la cultura españolas.

Ulacia Altolaguirre P.: Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas. Madrid: Mondadori, 1990..
Méndez, Concha: Poemas (1926-1986) (introducción y selección de James Valender), Madrid, Hiperión, 1995.

Concha Méndez en la Web

  • En la revista El maquinista de la generación, ahora mismo inaccesible, encontré una entrañable evocación de Concha Méndez escrita por su hija Paloma. Dejo el enlace por si se puede acceder a ella en un futuro y el único fragmento que copié de la misma:

Pero a pesar de los duros golpes recibidos, creo que la actitud de mi madre fue casi siempre positiva. Nunca se dejó amargar de manera definitiva. Siempre creía en su propia capacidad de sobreponerse a los reveses y siempre buscaba comunicar esta misma vitalidad a los demás. Lo mismo en México que en Cuba. Recuerdo cómo en México, en el Edificio Ermita, cada Navidad nos reuníamos con unos cuantos vecinos; mi madre preparaba algo de comer; luego sacaba su pandereta y podíamos seguir así hasta que amanecía. Era una persona muy alegre.
Paloma Altolaguirre Méndez Sobre la estancia de Cóncha Méndez en Cuba.

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Poema de Ana Pérez Cañamares

Hija, si en algún momento,
mientras estás ocupada en crecer,
-dura y lícita tarea-
puedes mirarme a los ojos,
hazlo.

No te dejes las preguntas
para cuando sea la misma voz
la que cuestione y la que responda.

Mira que en esta familia
tenemos la dolorosa costumbre
de conocernos mejor de muertos.

El poema de Concha Zardoya que subí recientemente hizo recordar éste, que había leído hace algún tiempo en El alma disponible, blog sobre poesía de Ana Pérez Cañamares. ¡Qué difícil es a veces el diálogo entre madres e hijas!

Y como se están acumulando las entradas con poesía escrita por mujeres, voy a crear para todas ellas una nueva etiqueta,Versos con faldas, homenajeando a una de mis poetas favoritas, Gloria Fuertes, que creó un grupo con ese nombre que se dedicaba a recorrer los cafés y bares del Madrid de los primeros cincuenta leyendo y recitando sus poemas.

Imagen: Despertar, de Ana Matías.

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Fin de curso, de Juana Castro


Crecían como corzos.
Los hexágonos verdes de las mesas
duraban sólo un sueño.
Luego abrían
sus paraguas de viento
y me dejaban sola
con mi panel de corcho,
con mis ventanas frías
y un ábaco de pena tirado por la alfombra.
Treinta y cinco paraguas por el cielo,
y yo la Mary Poppins más oscura,
recortando la sombra
de otros tantos cachorros voladores
en treinta y cinco
sillitas imposibles.


De La jaula de los mil pájaros.

En el último mes la búsqueda frenética de poemas de fin de curso ha llevado a que la entrada titulada precisamente así, Fin de curso, que contenía un poema de mi amigo Víctor Jiménez, se convierta en la más visitada, con mucha diferencia, de esta bitácora. Aunque creo que lo que buscan los internautas es otro tipo de poesía, más festiva y menos nostálgica, adecuada para las celebraciones de despedida, no resisto la tentación de colocar otro hermoso texto con el mismo título. En esta ocasión la autora es la magnífica poeta cordobesa Juana Castro, maestra de educación infantil. Está claro que para los que llevamos cierto tiempo en la enseñanza, por no decir a los que tenemos ya una cierta edad, a la alegría de las vacaciones se antepone la melancolía que nos produce el paso irremediable del tiempo.

La Biblioteca Virtual Cervantes ofrece una amplia antología poética de Juana Castro, y, en la fonoteca, varios textos recitados por ella misma. Los que busquen más poemas relacionados con la experiencia en las aulas no deben dejar de leer Aula IV, quien alguna vez haya dado clase a alumnos entre los tres y los siete años no podrá dejar de reconocerse en él.

Imagen: L’enfant au ballon, de María Blanchard.

Hablaron también de Juana Castro en sus blogs Angus y Bea Marín.

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El abanico, de Concha Zardoya

Ha cerrado tu mano el abanico
y sonreír tu boca sólo sabe
en dulce faz que el tiempo no ha borrado
todavía.
Desde tu ayer me miras y su niebla
encubre días, noches, largos años.
Más joven que yo eres, madre mía,
y parece que buscas un refugio
que yo quisiera darte sin dudarlo.
Hija mía
serías tú… Soy vieja -ya lo sabes-,
mas tu cuna sería el corazón
que no envejece nunca en su ternura:
en él te mecería dulcemente.
Y mecer tu sonrisa yo sabría.
Tu abanico ha de abrirse al nuevo aire
con ademán feliz y gesto suave:
la gasa rasgaría de gris niebla.
Trasvasadas sonrisas tuyas, mías,
unirán el pasado y el presente.
Han trasvasado amor de las dos almas:
se abre el abanico lentamente…
Y de nuevo a tu lado soy ya niña
y tú madre otra vez, con tu abanico
que abres y reabres sonriendo.

Concha Zardoya

Imagen: Mujer con abanico (2006) de Manolo Valdés

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